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Porcuna en la ruta literaria "El collar de las medinas"

Extraído del Ideal Digital del 23/03/05

Al-Andalus con literatura
Los profesores Jesús Serrano y Rolf Neuhaus publican 'El collar de las medinas', una serie de rutas literarias por el corazón de la Andalucía islámica
JUAN LUIS TAPIA

LOS profesores Jesús Serrano y Rolf Neuhaus presentan un recorrido literario por Al-Andalus en el libro 'El collar de las medinas' (Ed. Mágina). Una obra dividida en dos grandes recorridos, uno por el Al-Andalus occidental y otro por la zona oriental, centrado especialmente en lo que fue el reino nazarí de Granada. Los itinerarios se acompañan de referencias literarias, en un trabajo de edición, donde las diversas piezas encajan en los paisajes y zonas elegidas por los viajeros. En un tono coloquial, los autores van haciendo un camino que se ve sembrado de voces literarias.

'El crepúsculo de Al-Andalus' es el título del apartado dedicado al oriente andalusí, que comprende un total de diez jornadas, que tienen su inicio en Despeñaperros.

De Despeñaperros a Loja

«Me encontraba bajo la horca de los hermanos de Zoto, pero sus cadáveres no colgaban al aire, sino que yacían junto a mí. Lo que quiere decir que había pasado la noche con ellos. Estaba sentado sobre trozos de cuerdas y esqueletos humanos y sobre horrorosos harapos que la podredumbre había separado de ellos», escribió el polaco Jan Potocki, quien viajó a España en 1780 y 1791, y narró así una experiencia más sobre los bandoleros de la zona. El nombre de Despeñaperros no se debe a las acciones de estos personajes delictivos sino a la victoria católica en las Navas de Tolosa, ya que «eran tantos los prisioneros que los cristianos llevaban a Castilla, que pareció bien aligerar la carga despeñando a unos cuantos ('perro' era el apelativo dado por los cristianos a los musulmanes)», recogen en su libro estos dos viajeros contemporáneos.

Úbeda se presenta a través de los elogios de Cela y de un fragmento de artículo del escritor del lugar Antonio Muñoz Molina. La muralla de Baeza se pasea en compañía de Machado: «De la ciudad moruna/ tras las murallas viejas,/ yo contemplo la tarde silenciosa,/ a solas con mi sombra y con mi pena».

'El libro de los huertos', del jienense Ibn Farach, servidor del califa Al-Hakam II, desgranan versos sobre la ciudad andaluza e incluye una exaltación del amor udrí, el puramente espiritual. Juan Eslava Galán es el encargado de recordar la caída de Jaén a través de un fragmento de la novela 'Guadalquivir'.

No podía faltar en este recorrido la localidad de Arjona, cuna de la dinastía nazarí y las crónicas del arjonero Eslava Galán sobre Alhamar Nasr, más conocido como Alhamar de Arjona. La ruta prosigue por la Torre de Boabdil en Porcuna y el texto de Antonio Gala en el 'Manuscrito carmesí': «El castillo de Porcuna se alza sobre una roca, cuyas tajaduras le sirven de cimiento. En su torre octogonal me han habilitado hospedaje y pensión...».

Alcalá la Real se describe entre los versos de Abú Yáfar Ibn Said y el Arcipreste de Hita. El zéjel que creara el cordobés Ibn Guzmán es incluido por el arcipreste en unos de sus escritos. No falta el conocidísimo 'Libro del buen amor'. Y en estas llegamos a Loja, que es presentada por Washington Irving y con los versos de Ibn Al-Jatib, uno de los más grandes poetas andalusíes e ilustre lojeño.

Granada nazarí

La visión de Muñoz Molina de la vega de Granada, que compara con el jardín descrito en el 'Génesis' bíblico, inicia la ruta literaria andalusí por la capital del reino nazarí. Le sigue Ángel Ganivet, quien diría: «Después de una breve y feliz fantasía, llegaron los viajeros al cielo de Granada, y descendieron hasta dominar en todos sus detalles el panorama de la ciudad muerta». La imagen de una ciudad que comienza a degradarse también es incluida con las palabras del embajador veneciano ante Carlos V, Andrea Navaggiero en 1526: «Actualmente, son muchas las casas que se van arruinando y los jardines destrozados, porque los moriscos van faltando, que no creciendo».

Las referencias al Albaicín tienen como telón de fondo la historia de amor entre la poeta Hafsa Al-Rakuniya y Abú Yáfar, que quedó interrumpida al enamorarse el emir Abú Said Utmán de la autora granadina. Para destacar a la Alhambra idealizada, la 'Leyenda de la ciudad del cobre', de Abú Hamid Al-Garnatí. Textos de Mármol Carvajal, de Alejandro Dumas, José Zorrilla y del poeta Abdalá Ibn Sara (+1123) conducen al viajero literario al conocido marco de la Plaza de San Nicolás. Un texto del poeta contemporáneo granadino Rafael Guillén dibuja el paisaje alhambreño desde la plaza: «Torres cuadradas y rojas,/ arlequines en escena/ de un drama azul que se estrena/ sobre el verde de las hojas». Otro escritor contemporáneo, pero desgraciadamente ya fallecido, Felipe Romero, en 'El segundo hijo del mercader de sedas' describe los sucesos ocurridos en torno a la Abadía del Sacromonte y los conocidos 'Libro plúmbeos'.

El Paseo de los Tristes se perfila en los pasajes de Amin Maalouf en 'León el Africano', un personaje albaicinero. No falta el famoso poeta de la Alhambra, Ibn Al-Jatib, para dar constancia de los palacios nazaríes, pero también se recurre a Borges, a Chateaubriand e incluso a Salman Rushdie, Juan Ramón Jiménez, Antonio Enrique y, por supuesto, a Washington Irving y Federico García Lorca.

Unos versos de Abú Abdalá Ibn Zamrak resumen el esplendor alhambreño: «Soy corona en la frente de mi puerta./ Envidia al Occidente en mí el Oriente./ Siempre estoy esperando ver el rostro/ del rey, alba que muestra el horizonte».

Desierto y costa

La ruta hacia la costa almeriense se inicia en Gádor, oasis en árabe. Es el valle de Almería, que cantara el poeta almohade Ibn Safar Al-Mariní: «Valle de Almería, haga Dios que jamás me vea privado de ti. Cuando te veo vibro como vibra, al ser blandida, una espada de la India. Y tú, amigo que estás conmigo en su paraíso, goza de la ocasión, que hay aquí delicias que no existen en el Paraíso Eterno».

Juan Goytisolo ilustra el recorrido por el desierto de Tabernas y la zona de Sorbas. «El cielo azul, el color ocre y rosado de la tierra, el amarillo de los trigos te tentaban con su belleza insólita», de 'Señas de identidad'. Mojácar, con su castillo nazarí, una localidad que fue testigo de constantes batallas, y que presenció la derrota del emperador de Mali en 1591. Aquellos almerienses de Mali ocuparon Tombuctú. Ortega y Gasset ilustra sobre la presencia española en la ciudad del Níger. Carboneras es el siguiente punto del recorrido andalusí, donde nuevamente se recurre a las palabras de Goytisolo, esta vez de 'Campos de Níjar'. «Contorneando los muros del castillo, me acerqué a ver el mar. La playa estaba desierta y el viento azotaba el casco varado de las traíñas. La costa se alejaba en escorzo hacia los acantilados del faro de Mesarolán y Playa de los Muertos».

Al-Drisi ofrece una de las primeras descripciones de Almería hacia 1140. «La ciudad de Almería, en los días de Al-Mulatam era la ciudad del Islam; y se encontraba en ella todo lo extraordinario de todas las industrias: había ochocientos talleres de tejidos de seda ». Una poeta almeriense, la princesa Um Al-Kirám, en pleno reino de taifas, escribía en los alrededores del castillo del Cerro de San Cristóbal, versos eróticos: «Sí, sé la razón de la violencia de mi amor;/ pero es que mi amante es para mí el sol mismo,/ el sol que ha dejado las altas esferas del cielo/ para venir a vivir con nosotros». Pedro Antonio de Alarcón narra el desdichado destierro de El Zagal, el último rey nazarí de Almería. La Chanca, el barrio de pescadores, no puede tener mejor guía que el mismo Goytisolo, con la mirada desde la Alcazaba: «En lo hondo de la hoya las casucas parecen un juego de dados, arrojado allí caprichosamente. La violencia geológica, las desnudez del paisaje son sobrecogedoras. Diminutas, rectangulares, las chozas trepan por la pendiente y se engastan en la geografía quebrada del monte, talladas como carbunclous. Alrededor de la Chanca, los alberos se extienden lo mismo que un mar; las ondulaciones rocosas de la paramera descabezan en los estribos de la Sierra de Gádor».

La última mirada a la silueta de Almería se ofrece con los versos de Villaespesa: «La Alcazaba de mi pueblo, / cuando la luna la baña,/ que es un apunte parece/ de la Alhambra de Granada./ ¿Las torres de la Alcazaba, / cuando declina la tarde,/ al reflejarse las olas,/ parece que lloran sangre!/ ¿Pobre Alcazaba del alma/ que se muere recordándote!».
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